Si fuera o fuese Rajoy, sería Mariano Raxoi; orgulloso de llevar un apellido de potente huella histórica. Iría abandonando, lentamente, ese protagonismo estéril que, durante años, restó a su perfil la verdadera cara de quien apenas nadie conoce. Si fuera o fuese Rajoy, leería algo más de historia de Galicia, y olvidaría consignas carentes de sentido, que tantas veces envilecen y denigran a quien las pronuncia. Del mismo modo que dotaría mis presupuestos políticos de un poco-algo más de ese sentido común que apenas es posible encontrar en lo que conocemos como el conservadurismo más rancio. Si yo fuese Rajoy dejaría paso a los más jóvenes de mi Partido, porque quizás en ellos no exista aún, tan pronunciado, ese exceso de niebla acumulada que apenas deja ver más allá del Partido propio. Evitaría también dejarme mecer por manos aduladoras y corrientes ambiciosas. Escucharía y pondría toda mi atención en las palabras de aquellos y aquellas que, verdaderamente, tuvieran algo interesante que aportar; dejando a un lado las vaguedades y tensiones provenientes de mentes cortas y conocidas mañas. Si fuera o fuese Rajoy haría acopio de recuerdos y situaciones, valoraría los logros y su aplicación social, tomaría de la mano las posibilidades ciertas de crear riqueza en este país, de lograr una sociedad más justa y solidaria, de abrir caminos al futuro de los más jóvenes, de evitar tensiones que a nada conducen, de ventilar -de una vez por todas- las estancias plagadas de sinsentidos partidistas que, no pocas veces, allanan nuestros jardines privados.
Si yo fuera Rajoy, abandonaría el Partido Popular -sobradamente rebosante de marianillos rajois- y me retiraría, cautelosamente, para seguir la ruta de una vejez tranquila, apartada y solidaria conmigo mismo; cruzando los dedos para que la memoria me fuese abandonando, de modo que -sin pasado reseñable- pudiese llegar a convertirme en lo que debería ser: un abuelete dedicado a protagonizar cuentos para los nietos.